AMÉRICA LATINA
En defensa de la Revolución Cubana
El país caribeño se enfrenta a una situación muy difícil debido al bloqueo provocado por el imperialismo, que impide el suministro de energía eléctrica

AMÉRICA LATINA
Cuba entró en febrero en una fase de agravamiento de la crisis energética, con cortes de electricidad y dificultades para acceder a los combustibles, en medio de la ofensiva del Gobierno de Estados Unidos para bloquear la llegada de petróleo a la isla. El endurecimiento del bloqueo afecta directamente a la generación eléctrica y al transporte, ejerce presión sobre los precios internos y aumenta la inestabilidad en los servicios básicos, en un contexto en el que los aliados de Cuba tratan de mantener cierto nivel de suministro y asistencia.
El panorama adquirió un nuevo elemento con la confirmación, por parte del Gobierno de México, de que no enviará petróleo a Cuba. La interrupción se produce tras meses de inestabilidad en el suministro y en un momento en que el imperialismo amplía las medidas de castigo a los países y empresas que comercializan combustible con la isla, buscando aislar a Cuba en el mercado internacional. En la práctica, se trata de un estrangulamiento dirigido al punto sensible de la economía cubana: la energía.
La dificultad para obtener combustibles aparece como el eje inmediato del agravamiento. Un artículo del periódico británico Financial Times publicado el 29 de enero afirmaba que la isla podría disponer de combustible solo durante «15 o 20 días». Al mismo tiempo, el último envío venezolano se produjo en noviembre de 2025, debido al bloqueo impuesto por Estados Unidos.
En el plano operativo, el resultado se ha traducido en inestabilidad en el sistema eléctrico. En la noche del día 4, un apagón afectó a la parte oriental del país y dejó sin energía a provincias como Holguín, Granma, Santiago de Cuba y Guantánamo, tras una avería en una subestación, según informó la empresa estatal Unión Eléctrica de Cuba. El episodio se suma a una serie de interrupciones y cortes prolongados, reportados en las últimas semanas, incluso en la capital, La Habana.
El problema no se limita a los hogares. La economía cubana depende de la importación de combustibles refinados para la generación de electricidad, además de gasolina y queroseno para el transporte y la logística. La escasez crónica de energía, con apagones frecuentes, ya se venía citando como un factor de presión cotidiana, con impacto en la circulación de mercancías, los desplazamientos y la organización de los servicios.
La suspensión del envío mexicano fue confirmada por la presidenta Claudia Sheinbaum el 27 de enero. En ese momento, calificó la decisión como «soberana» y negó que se hubiera tomado en respuesta a las presiones de Estados Unidos. Días después, el domingo (1), Sheinbaum dijo que buscaría enviar petróleo a Cuba por razones humanitarias, «sin buscar la confrontación», y mencionó que la ayuda prevista para la semana siguiente podría incluir «otros» productos.
El tira y afloja pone de manifiesto la presión política que se ejerce sobre los países que mantienen algún tipo de suministro a la isla. Independientemente de la justificación pública dada por el Gobierno mexicano, lo cierto es que la retirada de la ayuda —aunque sea parcial o temporal— reduce el margen de maniobra de Cuba en un momento en que se cierran las rutas tradicionales de abastecimiento.
En medio de este escenario, el embajador ruso en Cuba, Viktor Coronelli, declaró a la agencia estatal RIA que Rusia ha suministrado petróleo a la isla repetidamente en los últimos años y que seguirá haciéndolo. La declaración rusa apunta a un intento de mantener, al menos en parte, una línea de suministro frente al bloqueo. Al mismo tiempo, la propia vulnerabilidad logística de Cuba —una isla cercana al territorio estadounidense, con rutas fácilmente controlables y presionables— convierte cada envío en un problema político.
Otro movimiento destacado fue la posición pública de China, con un lenguaje directo contra las medidas del Gobierno de Donald Trump. El país asiático afirmó que «Cuba no está sola», expresó su «profunda preocupación y oposición» a las acciones de Estados Unidos y afirmó que las medidas «no solo afectan a la economía de Cuba», sino que también perjudican al pueblo cubano al privarlo de derechos básicos, como el acceso a la energía. En el mismo paquete, China anunció 80 millones de dólares en financiación para la compra de equipos eléctricos y otras necesidades urgentes, además de una donación de 60 000 toneladas de arroz.
En términos políticos, la posición china busca enmarcar la crisis como producto de «políticas hostiles e ilegales» destinadas a desestabilizar el país, rechazando la explicación típica de la prensa burguesa, que trata la situación como una mera «crisis interna» desconectada del bloqueo.
A nivel interno, el gobierno cubano convocó una marcha en defensa del país contra la política de bloqueo, descrita en el material como «muy grande», con el liderazgo del presidente Miguel Díaz-Canel. La movilización aparece como una respuesta política directa al cerco, reforzando la línea de resistencia y denuncia de las medidas impuestas desde el exterior.
Díaz-Canel, en una rueda de prensa, rechazó la acusación firmada por Donald Trump de que Cuba albergaría a terroristas y «promovería el terrorismo internacional», calificando la imputación como manipulación política y denunciando el historial de acciones violentas y planes de desestabilización. En la misma declaración, el presidente cubano volvió a relacionar el agravamiento de la crisis energética con el endurecimiento del bloqueo y la reducción del combustible desde diciembre, con efectos sobre la generación de electricidad y las actividades esenciales.
Ante este escenario, la situación de Cuba plantea de manera ineludible una tarea política para la izquierda mundial. Es necesario librar una lucha concreta contra el bloqueo económico impuesto por Estados Unidos, que desde hace décadas busca doblegar al país mediante el hambre, la falta de energía y el estrangulamiento de sus condiciones materiales de existencia.
Corresponde a la izquierda que se reivindica antiimperialista expresar su solidaridad activa con el pueblo cubano, denunciando el bloqueo, exigiendo su fin inmediato y combatiendo la propaganda de la prensa burguesa que omite deliberadamente el papel de las sanciones. La defensa de Cuba es parte de la defensa de los pueblos oprimidos en su conjunto. En un momento de ofensiva del imperialismo a escala mundial, dejar al país aislado significaría allanar el camino para una derrota histórica, con consecuencias directas para toda América Latina y para quienes luchan contra la dominación imperialista.




