América Latina
Corina Machado exige la rendición de Venezuela
Acorralado por el bloqueo, el Gobierno cede terreno y la derecha avanza. Machado demuestra que la burguesía no negocia, sino que exige la rendición total de Venezuela.

En este mes de mayo de 2026, la líder de la oposición burguesa venezolana, María Corina Machado, utilizó la ciudad de Panamá como escenario para un discurso internacional. Durante el evento, dirigiéndose a una audiencia de aliados políticos y representantes de intereses extranjeros, Machado se presentó con la postura de una jefa de Estado paralela. En su discurso, afirmó categóricamente que la oposición nunca había estado tan fortalecida, destacó que el Gobierno venezolano muestra una profunda debilidad en las mesas de negociación y declaró que la «transición» de poder en el país es inminente. Para garantizar este objetivo, Machado aprovechó el evento para exigir abiertamente que la comunidad internacional —liderada por Estados Unidos— mantenga y profundice el cerco político y económico contra Venezuela.
Lo que debe llamar la atención de la vanguardia del movimiento obrero en este episodio no es solo la ya conocida retórica de sumisión al imperialismo, sino la base material de esa arrogancia. La postura de Machado indica claramente que la derecha proimperialista siente que está ganando terreno. El discurso en Panamá no es el grito de desesperación de una oposición derrotada, sino la articulación pública de un sector que ve resquicios para avanzar con su agenda de destrucción nacional. Esa confianza de la burguesía lacaya no cae del cielo, ni es fruto exclusivo de la financiación extranjera. Es el síntoma directo e irrefutable del peligro mortal que acecha a Venezuela en la coyuntura actual, poniendo de manifiesto que la reacción se está reorganizando para dar el golpe a las conquistas históricas de la clase trabajadora venezolana.
La brecha que explotan figuras como María Corina Machado no la abrió una supuesta fuerza irresistible de la derecha, sino que se debe a que el imperialismo logró poner al gobierno venezolano completamente a la defensiva.
Para comprender cómo la derecha logró espacio para esta ofensiva, hay que fijarse en la compleja situación a la que se enfrenta Venezuela. El gobierno bolivariano y la dirección del chavismo se encuentran en una dura y prolongada «situación difícil». Desde hace años, el país es víctima de un cerco criminal de sanciones ilegales impuestas por Estados Unidos y de un estrangulamiento económico diseñado milimétricamente para asfixiar a la población y derrocar al gobierno. Ante esta guerra no declarada, y el reciente secuestro de Maduro, es comprensible que el Gobierno de Caracas actúe a la defensiva, buscando maniobras tácticas para romper el bloqueo, atraer inversiones mínimas y garantizar la supervivencia nacional.
Sin embargo, es precisamente en medio de esta legítima necesidad de supervivencia donde reside el gran equívoco político de la actual dirección. Para intentar estabilizar el país y apaciguar las tensiones, el Gobierno ha apostado por una política de concesiones a sectores de la burguesía interna y por interminables mesas de negociación con la propia oposición que saboteó el país. La intención puede ser ganar tiempo o un respiro económico, pero el resultado práctico es políticamente peligroso.
Esta confusa política de conciliación tiene un alto precio. Al intentar negociar con la derecha y hacer concesiones desde las altas esferas, el Gobierno acaba frenando el ímpetu de su propia base de apoyo. La clase trabajadora y los sectores populares —que fueron los verdaderos responsables de derrotar el golpe de 2002 y resistir los años más duros de la crisis— acaban desmovilizados y confundidos ante medidas que parecen alejar a la Revolución Bolivariana de su carácter popular y radical.
El discurso de María Corina Machado en Panamá demuestra que esta táctica del Gobierno es un error. La derecha gana terreno precisamente porque la política de apaciguamiento crea un vacío. En lugar de desarmar a la oposición, las capitulaciones acaban alimentando la confianza de la burguesía lacaya, que utiliza la tregua ofrecida por el propio Gobierno para reorganizarse y preparar el próximo golpe.
Ante esta realidad impuesta por el cerco, la táctica de la izquierda debe ser cristalina: la defensa incondicional de Venezuela frente al imperialismo debe ir de la mano de una firme advertencia sobre el peligro de ceder demasiado terreno y desmovilizar a la base.
Los hechos económicos y políticos recientes demuestran que la burguesía no negocia, exige la rendición. El estrangulamiento del país no es una abstracción: el imperialismo ha confiscado miles de millones de dólares en activos venezolanos en el extranjero, ha bloqueado reservas de oro en el Banco de Inglaterra y ha promovido el descarado robo de la petrolera Citgo. Cuando el Gobierno bolivariano cedió, se sentó a la mesa y firmó acuerdos con la oposición (como los de Barbados), haciendo concesiones con la esperanza de un alivio económico, la respuesta práctica de Washington fue implacable. EE. UU. no solo mantuvo el bloqueo, sino que reanudó las sanciones sobre el sector del petróleo y el gas y escaló la agresión de forma criminal, culminando incluso en el absurdo secuestro de Maduro.
La lección que dejan el discurso de Corina Machado y las acciones del imperialismo es indiscutible: la derecha no busca la convivencia pacífica; busca la aniquilación de la Revolución Bolivariana y la entrega de las riquezas venezolanas a los monopolios extranjeros.




